En el fútbol, así como en la vida, las aptitudes se ven reforzadas por las actitudes adoptadas por cada persona. En la gran mayoría de las ocasiones, aquello que sucede no depende de uno, pero, en cualquier caso, existe un par de factores que resultan innegociables en esta ecuación: el compromiso y la entrega.
Estas dos actitudes, que tendrían que ser inimputables en cualquier contexto, deben estar siempre presentes en todo aquello que se lleva a cabo, más aún teniendo el apoyo de tu gente. Porque la vida no es más que pasión, dedicación y esfuerzo. Aunque todo se ponga cuesta arriba, nadie debería ser capaz de decir que no has entregado todo en busca de tu objetivo, ese que también persigue todo aquel que te apoya incondicionalmente.
La derrota y, por qué no catalogarlo así, humillación, sufrida ante el Atlético de Madrid supuso un duro varapalo para todos los aficionados béticos no solamente por el mero hecho de caer estrepitosamente eliminado de la Copa del Rey, competición ansiada, sino porque su equipo, después de mucho tiempo, bajó los brazos a las primeras de cambio y no honró a las casi 67.000 personas que se dieron cita en La Cartuja.

En el ojo del huracán, la afición verdiblanca situó a un Adrián San Miguel que no fue más que el reflejo de un equipo derruido, sin personalidad y sin afán de competir. Nadie niega que las bajas de futbolistas con jerarquía y la alineación de jugadores de nivel más bajo -materia de otro análisis – merman enormemente, pero el Real Betis de Manuel Pellegrini había demostrado en los últimos años que, por muy adverso que resultara el marcador, empujaba y entregaba todo lo que tenía hasta que el colegiado llevara a cabo los tres pitidos que ejemplifican la finalización de la contienda.
En el día de ayer, esto fue un espejismo. Nada más lejos de la realidad, el líder del barco permanecía sentado en su puesto del banquillo cuando sus jugadores deambulaban por el verde y el marcador reflejaba un contundente 0-3 antes de finalizar los primeros 45 minutos. En boca del mítico Luis Del Sol: “andando no me vas a ganar”, una premisa que en la aciaga noche del 5 de febrero no cumplieron los futbolistas que portaban las trece barras en el pecho.
Sería injusto declarar que el equipo que había al otro lado del terreno de juego no posee mayor calidad futbolística y física, pero lo realmente preocupante es que no necesitaron emplearse a fondo para marcar cinco tantos, una cifra que, por cierto, no anotaban lejos de su estadio desde noviembre de 2024 ante un desahuciado Real Valladolid.
Dentro de todo este entramado, sigue habiendo una variable que se mantiene intacta acontezca lo que acontezca: el patrimonio humano del Real Betis Balompié. La entidad registró la asistencia más alta de su historia: 66.810 personas que pudieron ser más en caso de que no se hubiera efectuado el corte de carreteras desde la provincia de Cádiz. Esta cuantía resulta muy simple de pronunciar y reflejar en un escrito, pero posee un valor simbólico inimaginable. Todas esas personas optaron a pesar del temporal y la situación meteorológica en la que se encuentra la región andaluza, a alentar y llevar en volandas a los que consideran sus futbolistas hacia la victoria.
Estos mismos fueron los encargados de materializar toda esa ilusión en frustración y enfado, pues la parroquia heliopolitana no perdona de ninguna de las maneras que el escudo se arrastre de manera indemne por el césped. No siempre es posible ganar, pero nunca deber ser una optativa desistir en la carrera por tu meta en cuanto todo se tuerza un poco.
En resumen, está por demostrar qué consecuencias tendrá la incomparecencia en el choque de ayer por parte del Real Betis Balompié. Ahora bien, si hay algo en firme, tal y como bien entonan sus seguidores: «Los jugadores tienen que entender que hay que morir por la camiseta».







Los comentarios están cerrados.